briefio
Mar 02, 2026

Un hombre mayor interrumpió el entrenamiento del sargento con una calma aterradora, pero cuando mostró su tatuaje, el sargento no pudo evitar retroceder.

La luz del sol caía de manera brutal sobre el campo de entrenamiento, el calor era insoportable, y el aire cargado de polvo era casi palpable. En el centro de la pista, Sargento García, un hombre fuerte, de complexión robusta y rostro marcado por las cicatrices de las batallas pasadas, dirigía el entrenamiento de un grupo de soldados élite. Sus órdenes eran precisas, su voz resonaba con fuerza y autoridad. El grupo de soldados, sudorosos y agotados, seguía cada uno de sus movimientos con disciplina, como si fuera una rutina interminable.

Pero ese día no era como los demás. Algo estaba en el aire, una sensación extraña que no podía explicar, como si estuviera por ocurrir algo fuera de lo común. García, acostumbrado a la tensión, desestimó la sensación y continuó con el entrenamiento. La precisión era lo único que importaba. "¡Aguanten! ¡No hay descanso!" gritó, sus ojos clavados en los soldados que, aunque ya casi al borde del agotamiento, continuaban con fuerza.

Fue entonces cuando escuchó pasos firmes, pero ajenos al caos del entrenamiento. Un sonido de zapatos sobre el suelo de tierra que se acercaba, cada vez más cerca. García levantó la vista, confundido por la presencia de alguien fuera del programa de entrenamiento. A lo lejos, vio una figura que avanzaba con paso lento y seguro. Era un hombre mayor, de cabellera canosa, rostro arrugado por los años y una postura erguida que, a pesar de su edad, transmitía una energía inquietante.

El hombre no parecía estar de prisa, ni mucho menos alterado por el calor abrasante. Se acercó al borde de la pista sin decir una palabra, observando con calma. Todos los soldados, sorprendidos por la llegada de un extraño en medio del entrenamiento, cesaron en sus movimientos, pero nadie se atrevió a hablar.

García, desconcertado, dio un paso hacia él, frunciendo el ceño. "¿Quién es usted?" preguntó con tono firme. Sin embargo, el hombre mayor, sin prisa, miró a García fijamente, con una mirada profunda, casi desinteresada, como si no lo viera a él, sino más allá.

"Soy quien debes escuchar," respondió el hombre con voz profunda y serena. García, aunque sorprendido, no mostró duda alguna. "Este es un campo de entrenamiento, y usted no está invitado," dijo, caminando hacia el hombre para obligarlo a retirarse.

Pero lo que ocurrió a continuación hizo que García se detuviera en seco. El hombre levantó la mano lentamente, sin prisa. En sus dedos, llevaba un anillo de hierro gastado por los años, pero eso no fue lo que atrapó la atención de García. El hombre comenzó a desplegar la manga de su camisa, mostrándole un tatuaje en su brazo derecho, un tatuaje familiar que hizo que el estómago de García se revolviera.

Era el mismo tatuaje que García había visto en su juventud, el mismo tatuaje que llevaba su mentor, un hombre que había sido el líder de la misma unidad de élite a la que él había pertenecido. Un dragón negro enrollado alrededor de una espada rota, símbolo de los que habían sido entrenados para sobrevivir a todo, incluso a la muerte. Un tatuaje que García había creído que había desaparecido junto con la desaparición de su mentor años atrás.

Other posts